Oliver Esquivel

This slideshow requires JavaScript.

Autor del texto:
Benjamín Valdivia
Cuando los retratos eran el registro de la memoria familiar o la conmemoración de una existencia, siempre se buscó el detalle, la mesura y, principalmente, el parecido realista en situaciones domésticas muy normales. Después de la invención de la fotografía, la situación ha cambiado del todo: nadie encarga hacer un cuadro pictórico de su boda y sí, en cambio, conserva decenas de fotografías de ese evento social.

Liberado de su condición de registro, el retrato busca su expresión más creativa. Las caras se revelan en todo lo que puede conferirles el arte. Oliver Esquivel indaga dos aspectos cruciales para nuestro tiempo. Uno es el trazo, que elabora las figuras por planos de profundidad, al modo en que se representan en los mapas las altitudes de las cordilleras. Otro es la situación sorpresiva que mantienen sus modelos, incluso cuando estamos ante un autorretrato.
Así, la musa, alta, perfecta y desnuda, no se encuentra sobre una concha en la orilla del mar como la Venus de Boticelli, sino con una careta de buceo de la que cuelga el respectivo tubo respirador. O bien, en otra imagen, la misma diosa está tendida en el futón levantando las extensas piernas sobre el muro en el instante en que la observa el artista.
Este contemplar —o más bien este descubrir— la actitud y la persona, se complementan con otro elemento propio del lenguaje de Oliver Esquivel: el empalme o el eco dejado por otras figuras simultáneas. Lo que sería una simple reproducción del mundo presente a la vista se vuelca en un engranaje de sucederes plásticos que otorgan a la composición un tono personal.
También debemos notar que la faz representada, a la vez, afirma y desdice su belleza: la mujer, con esa mirada de ensueño y la tranquilidad erótica de su presencia, se desdobla hacia el primer plano en una gesticulación grotesca, que no hace sino incitarnos a volver a la belleza de su orden inicial, para solamente hacernos volver a la inevitable mueca del plano ensamblado.
El propósito se cumple cuando los rostros de Oliver Esquivel nos regalan el punto de cruce entre dos universos: el de la plenitud hermosa de la figura exactamente dibujada y el de las topografías mezcladas y reverberantes de una fantasía real. La técnica como dominio preciso y el retrato como un juego de consideraciones transgresoras corresponde a quien ha encontrado en ambos mundos lo mejor.